1998.12.07.Ecologisas en acción. (Sobre la polémica de los emplazamientos de aerogeneradores para la producción de energía eléctrica)

Sobre la polémica de los emplazamientos de aerogeneradores para la producción de energía eléctrica
 

Por: Ladislao Martínez, miembro de la Comisión Permanente del Área Federal de Ecología y Medio Ambiente de IU



Madrid, 7 de diciembre de 1998

Ha transcurrido ya suficiente tiempo desde las primeras polémicas, entre los ecologistas, sobre algunos parques eólicos como para que, lo que entonces eran hipótesis ahora pueda verificarse como cierto o pueda ser dado como falso. Así, por ejemplo, se llegó a escribir que el parque eólico de Jandía (Fuenteventura) que se construyó a principios de los años 90 era una gravísima amenaza para la ya muy amenazada especie de hubara canaria. Y hoy se ha podido comprobar que, aunque otros factores de riesgo lejos de reducirse han aumentado, la hubara ha sido vista reiteradamente a menos de 30 metros de la primera fila de aerogeneradores. Es fácil además ver a otra especie endémica, como el corredor, moviéndose sin aparentes problemas entre las máquinas. No ha sido pues el parque la fiera amenaza que se describió en otros tiempos.

Otro tanto puede decirse de los parques eólicos de Tarifa, que aunque no todos ellos han sido ejecutados con las debidas cautelas ambientales, no son, ni de lejos, las trampas mortales para ves migratorias que en otra época se dijo, por algunos, o se dejo entrever, por otros más hábiles. Recuérdese que en un periódico como “Diario 16” llegó a emplearse la imagen de un molino en cuyas aspas aparecían escopetas disparando. Hoy se sabe que en algunos emplazamientos el número de colisiones es mayor que la media pero dista mucho de ser un factor de riesgo, digno de ser tomada en consideración, para alguna de las especies.

Que algún grupo ambientalista navarro, que no encontró nunca el momento de criticar la presa de Itoiz, colocó a los parques eólicos de esa Comunidad entre uno de los diez primeros problemas ambientales de aquella tierra, o que algún grupo asturiano, que consideró que la transnacional Du Pont era una maravilla para Asturias, dice que el impacto de los non natos parques eólicos asturianos debiera ser negativo, son pruebas del cinismo y de la irracionalidad con la que algunos han entrado en la polémica.

Aunque exista quien no lo comparta, se han realizado un número apreciable de estudios al respecto y se sabe infinitamente más del número de colisiones de aves contra aerogeneradores que, por ejemplo, de las afecciones de la lluvia ácida, que me atrevo a sugerir que es ciento o miles de veces más dañina, o que los vertidos de residuos radiactivos gaseosos que de forma ordinaria se generan en las centrales nucleares. Es cierto que siempre pueden estudiarse las cosas más y mejor, y que la transparencia siempre puede ser mayor, pero sólo con evidente mala fe puede dejar de reconocerse que para los daños ocurridos el volumen de recursos empleados en los estudios citados es infinitamente mayor que respecto a cualquier otra fuente de energía, y en cualquier otra actividad industrial. Pintar a la mayoría de los promotores de parque eólicos como oscurantistas es, sin más, mentir.

Al día de hoy, los resultados de esta polémica ofrecen un balance desigual. Quienes se opusieron a los parques eólicos pueden esgrimir que existen varias áreas geográficas y Comunidades Autónomas, en las que rige una moratoria de facto, mientras que quienes apoyamos la energía eólica podemos señalar que la industria eólica ha experimentado un desarrollo notable. La potencia eólica total instalada era de 455 megawatios (MW) a finales de 1997 (algo menos del uno por ciento total de potencia eléctrica instalada entonces existente), con máquinas de entre 300 y 750 kilowatios (kW) de potencia unitaria.

Es cierto que se está produciendo una “carrera por ocupar emplazamientos” que lleva a solicitar muchos más lugares de los necesarios, hasta el punto de que sumados todos ellos no sería exagerado situar la potencia en estudio en más de 30.000 MW. Pero en el año 2000 la potencia realmente instalada no superará mucho los 1.500 MW, y, aunque pronosticar a mayores plazos siempre entraña un grave riesgo de equivocarse, en el año 2005 posiblemente la potencia instalada se situará entre 2.500 y 3.500 MW.

El marco legal es favorable, porque la vigente Ley del Sector Eléctrico, por lo demás absolutamente monstruosa, establece en el artículo 30.4 que el precio que percibirán los productores con fuentes renovables se situará entre el 80 y el 90 por ciento del precio medio de la electricidad. O, sin tanta retórica, que percibirán unas 11,5 pesetas.

Si a ellos se añade que los costes de capital se han reducido drásticamente en los últimos tiempos, se deduce que un parque ubicado en un emplazamiento de velocidad media del viento de 6 metros por segundo (m/s), y que pueda funcionar en tiempo equivalente a 2.000 horas cada año, ofrece una inversión rentable.

Esto, a su vez, quiere decir que ha aumentado de manera ostensible la superficie susceptible de aprovechamiento eólico y que se pueden incrementar las exigencias ambientales sin poner en riesgo el desarrollo de esta fuente de energía. Este incremento de las exigencias no puede llevar al extremo de plantear que no se permita establecer parque alguno en cualesquiera de las montañas, como recientemente han reivindicado un buen número de grupos ecologistas.

De hecho las exigencias ambientales ya son mayores desde hace algún tiempo y son varias empresas de las que explotan este tipo de energía que han renunciado a varios emplazamientos, en principio muy favorables, por los requerimientos ambientales a tener en cuenta. Este es el caso de Made, Enotecnia y EHN, en lo que conozco. El asunto parecerá irrelevante para quienes se siguen oponiendo a proyectos eólicos, pero resultará sorprendente a quienes han tenido que lidiar contra instalaciones de generación eléctrica con otras fuentes. ¿O alguien se imagina el cierre de la central nuclear de Zorita o de la térmica de carbón (lignitos) de As Pontes de García Rodríguez, con problemas ambientales centenares de veces más graves?

Repasando argumentos

Como la polémica ha hecho correr abundante tinta quizás no sobre retomar alguno de los argumentos empleados por los detractores para analizarlos más de cerca.

Entre los polemistas hay algunos que prueban un notable desconocimiento de los asuntos energéticos. Por ejemplo, hablar de “gran escala” para descalificar parques de 10 a 30 MW, ignorando que quizás entonces no quedarían vocablos en castellano para calificar o describir centrales como As Pontes (1.400 MW), Compostilla (1.300 MW), Andorra (1.050 MW), Castelló (1.080 MW), Sant Adrià del Besós (1.050 MW) o Trillo (1.050 MW), ya que cada una de ellas por si sola más que duplica la potencia total eólica instalada en todo el Estado.

O señalar, sin ruborizarse, que la energía eólica debe reservarse para “uso particular o para una pequeña comunidad”. Lo que equivale a limitar la energía eólica para cubrir un tipo de usos que no representan más que el 1 por ciento de la energía consumida en todo el Estado. A estas personas cabría formularles preguntas del tipo de ¿cómo se generaría el resto de la energía eléctrica que se consume? ¿Con tecnología nuclear, con carbón, ¼ o con magia? O lo que viene a ser igual, ¿no se puede hablar de alguna opción de abastecimiento que tienda a reducir el impacto producido ahora por la generación de electricidad? ¿es necesario esperar a la realización de una profunda revolución ecologista que devuelva al campo a casi todos los habitantes de las ciudades actuales? Y tampoco sobrarían otras consideraciones complementarias como que no en todas las comunidades locales existen vientos aprovechables para la generación de electricidad, o que la existencia de una red eléctrica que cubre todo el territorio, red que es necesaria para proporcionar un abastecimiento eléctrico regular, hace menos relevante la ubicación del parque eólico. Una vez introducido un kilowatio/hora en la red, es imposible adivinar el origen o el destino de esa unidad de energía.

Otros “argumentos” utilizados para criticar la energía eólica consisten en enunciar el bien ambiental y omitir la forma en que se produce el impacto. Esto es lo que en parte se hizo con los parques de Tarifa, donde se señalaba la importancia, indudable, del Estrecho de Gibraltar como lugar de paso de las aves migratorias, y sin más pruebas se deducía que era inconveniente colocar allí parques eólicos. Hubo alguna excepción que postuló un modelo de interferencia que, aunque bastante razonable, afortunadamente resultó incorrecto. Con este tipo de argumentación se sugiere más que se prueba. Y si no se añade nada más, aludir a los parques y a los bienes ambientales de esta manera, sugiere a quien lo oye (y pero aún, parece que también en quién lo enuncia) catastróficas consecuencias, como miles de aves muertas a cada paso, en Tarifa, que luego, sin embargo, no se materializan. Y más aún, si se piden mayores precisiones a quienes así argumentan se comprobará que argumenta en círculo reiterando una y otra vez el pretendido argumento sin poder añadir más pruebas.

Han existido, no obstante, argumentos más complejos que mostraban una cierta familiaridad con los problemas de la energía en quienes los utilizaban. Es el caso de la afirmación de que incrementar la potencia eólica es primar una estrategia “de oferta energética” que facilita el consumo desaforado de energía, y como prueba de lo esgrimen el hecho de que no se cierran por la puesta en servicio de los parques eólicos alguna de las otras instalaciones de generación de electricidad, centrales térmicas de carbón o centrales térmicas nucleares. En esta argumentación existe un error de base, pensar que la existencia de potencia instalada en el suministro de electricidad condiciona de alguna forma la demanda.

El incremento de la demanda de electricidad tiene otro origen. El incremento de demanda tiene que ver con las nuevas necesidades, cuando alguien decide que necesita aire acondicionado, o un televisor más, o cuando se construye una vivienda o una oficina más. El incremento de la demanda no guarda en este caso relación con el incremento de la oferta. La demanda es una variable independiente que se mueve entre amplios márgenes.

La limitación de la oferta sólo actuaría como limitador de la demanda cuando no existiera potencia suficiente para atender lo solicitado, provocando apagones en las horas punta de demanda. Conviene recordar que la mayor punta de demanda de energía eléctrica en la Península se produjo el 16.12.1997, con una demanda de 27.369 MW, mientras que la potencia total instalada era de 43.549 MW a finales de dicho año, sin contar con los más de 3.500 MW generados por autoproductores, donde se incluyen los parques eólicos. Ante estas cifras, pretender que la energía eólica, con la potencia instalada en la actualidad o la previsibles a corto y medio plazo puede, si dejara de crearse, tener alguna relación con una hipotética reducción del consumo es hacer matemáticas sin elementos cuantificables.

De lo anterior, por supuesto, no debe deducirse que el ecologismo no deba intentar reducir el consumo de electricidad, aunque lo cierto es que en los últimos tiempos este consumo crece desmesuradamente, sino que relacionar la muy razonable y justa reivindicación del menor consumo con la oposición a los parques eólicos es confundir la velocidad con el tocino. Los métodos para reducir el consumo pasaría por modificar los precios y la estructura de los precios, crear agentes económicos interesados en el ahorro, dictar normas de uso de la electricidad, primer las tecnologías de uso eficiente, realizar campañas de sensibilización¼ mas nada que ver con la paralización de los parques eólicos.

Tampoco la exigencia de que se cierren otras instalaciones de generación de electricidad tiene mucho fundamento. Ya que es ignorar la existencia de impactos “fijos y variables”. Al usar estos térmicos buscamos establecer un evidente paralelismo con los costes económicos divididos también con cierto criterio, en fijos y variables. A título de ejemplo, el “fijo” de una central termoeléctrica de carbón se expresaría a través de factores como el suelo afectado por la planta, afección que es independiente del uso posterior que se le dé a ese suelo ocupado. Mientras que en lo “variable” estarían aquellos factores que dependen del uso que se le dé a la instalación, y se medirá a través de las emisiones de dióxido de carbono, CO2, emisiones de contaminantes ácidos, volumen de resididos de la combustión, superficie afectada por las labores mineras para extraer el combustible, etc. Si la central no funciona o funciona menos, desaparecen estos impactos o se reducen de la misma forma.

En casi todas las fuentes de energía, la eólica y la solar serían una excepción, el impacto variable es muchísimo mayor que el fijo. Y hay que tener en cuenta que tanto con el anterior método de funcionamiento del sistema eléctrico, basado en costes reconocidos, como en el actual, basado en la competencia de ofertas, cuando una central eólica introduce electricidad en la red, salvo contadas excepciones, desplaza a otro tipo de central, que ahora y en el futuro previsible es térmica de carbón o de fueloleo. O lo que es lo mismo, que si un parque eólico funciona evita el incremento de emisiones de gases con efecto invernadero, emisiones ácidas, minería, contaminación térmica de las aguas, etc. Es cierto, que como no se cierra una central térmica no es posible recuperar el emplazamiento sobre el que esta última está instalada, pero si que se eliminan los impactos más severos que ella genera. La “prueba del nueve” para quienes se oponen a los parques eólicos deviene así un argumento trivial.

En estrecha relación con lo anterior están “los grandes movimientos de tierras” y “las enormes afecciones sobre el suelo” que producen estos parques eólicos. Trayendo a colación de nuevo las cifras, para mediar en la polémica, conviene saber que en un parque eólico construido con máquinas de 660 kW es necesario mover unos 250 metros cúbicos de tierra para cimentar cada máquina. Por término medio se necesitan construir 125 a 150 metros de caminos por cada máquina, con un ancho de 3 metros y una excavación media que no sobrepasa el medio metro. Es decir otros 250 metros cúbicos como máximo por cada máquina instalada. Si la máquina funciona 2.200 horas al año significa que por cada MW/h se mueven para toda la vida del parque unos 0,34 metros cúbicos por cada MW/h. Mientras que en las centrales térmicas de carbón abastecidas con combustible extraído en minería a cielo abierto, se mueven, cada año, entre 7 y 10 metros cúbicos por cada MW/h.

Si en lugar de utilizar unidades de volumen se prefieren de superficie la situación vuelve a ser parecida, ya que la superficie afectada por cada unidad de energía generada en el parque eólico es tres veces menor que en la central de carbón. Alguna vez se ha llegado a dar la cifra de afección superficial de un parque eólico como el total de la superficie incluida en el polígono delimitado por las líneas más externas, y en ocasiones se ha llegado incluso a inventar una superficie mucho mayor, cuando sólo un 1 ó 2 por ciento de dicha superficie está ocupada por las máquinas, caminos y demás infraestructuras auxiliares. Lo que viene a ser algo así como decir que todo el territorio del Estado español es una central térmica ya que existen instalaciones en Coruña, Cádiz y Girona..

Es cierto que no es infrecuente que los parques eólicos se establezcan en zonas casi inalteradas por la actividad humana, mientras que los lugares mineros son habitualmente parajes irreversiblemente degradados. Pero alguna vez se abrieron las minas, y casi siempre la minería a cielo abierto ha destruida áreas de gran valor natural.

Otro “dato” que se baraja para criticar la energía eólica es el de los poderosos intereses económicos que la impulsan. Evidentemente para construir un parque eólico hace falta capital financiero y quienes poseen este tipo de capital son los capitalistas. También es cierto que la actual situación de esta forma de generar energía está llevando a las propias grandes compañías eléctricas a mostrar interés por este método de producción, pero no es cierto que en principio fuera promovido por ellas, sino más bien contra ellas. Y además las cifras de negocio de la energía eólica no merecen ser consideradas como “grandes” en el mundo de la energía. Los promotores han sido, o sociedades cooperativas formadas por personas vinculadas al movimiento ecologistas, como Enotecnia, o los sectores contestatarios de una filial de Endesa, como es el caso de Made, con papel destacado de un técnico del Consejo de Seguridad Nuclear que tuvo un papel destacado en el cierre de Vándalos I y que prefirió abandonar aquel organismo), o empresarios que jugaron un cierto papel en la experiencia navarra del tratamiento integral de residuos, como es el caso de EHN. Puede ocurrir que en el movimiento ecologista haya quienes crean que estas personas “no son de los nuestros” y que se trata de enemigos principales dentro del mundo eléctrico, pero esta forma de considerarlos denuncia incoherencia y falta de visión.

En cuanto a las cifras manejadas, los números vuelven a ser elocuentes, la cantidad total invertida en los parques actualmente en funcionamiento es de unos 72.000 millones de pesetas, que viene a corresponder a una anualidad pagada por las “piedras” de la llamada “moratoria nuclear”, o es igual a un octavo de lo que costó la central nuclear de Trillo, o la cuarta parte de los fondos disponibles por parte de Endesa en la actualidad para gestionar residuos radiactivos, o menos de la mitad de las subvenciones anuales con que se prima el consumo de carbón extraído en el territorio del estado, o menos de la cuarta parte de los fondos de que dispone Endesa para la reducción no traumática de la plantilla, o. Las cifras, por tanto, sólo parecen grandes a quienes, nada más contactar con el mundo de la energía, ya imparten doctrina. Y desde luego a quienes pretenden medir el anticapitalismo de los restantes ecologistas por el rechazo a la energía eólica. Cabría preguntarles sino están combatiendo el capitalismo monopolista financiero arrojando piedras sobre el tendero de la esquina.

Tampoco han faltado exigencias de planificación de los recursos eólicos. Vaya por delante mi consideración de que se trata de una exigencia muy razonable cuando en una determinada zona están previstos muchos parques eólicos como es el caso del Estrecho de Gibraltar, de determinadas áreas de Galicia, de Aragón o de Navarra. Pero no sobra que quienes formulan estas exigencias tengan muy presente que la reciente Ley del Sector Eléctrico (Ley 54/1997) significa el abandono de la idea de planificación y que subsiguientemente puede instalarse cualquier central en cualquier emplazamiento. De hecho ya hay el precedente de Navarra donde se disponía de un plan para llegar a altos niveles de abastecimiento energético a partir de fuetes renovables, aunque no se pudiera estar de acuerdo con todos los proyectos del plan, y se vieron sorprendidos por la pretensión de dos compañías eléctricas (Iberdrola e Hidrocantábrico) de construir dos centrales de gas de ciclo combinado. Con el nuevo marco legal estas situaciones son posibles. No se debe ignorar que se solicita planificación y límites para la fuente de electricidad menos lesiva, justo en el momento que la legislación establece para las demás fuentes la posibilidad de instalarse en cualquier parte.

Para concluir

Quizás la polémica sobre la energía eólica se convierta en una auténtica prueba capaz de evaluar la madurez del ecologismo, ya que por un lado tenemos la oportunidad de ver cumplida una de nuestras demandas de generación de energía a partir de una fuente renovable, y por otro lado el cumplimiento de la reivindicación se realiza en un contexto global de la sociedad que rechazamos, y que rechazamos razonablemente.

El análisis ecologista se ve situado ante los límites que se desprenden de su propia capacidad crítica. Cimentado sobre la metodología científica de los conocimientos de las ciencias físicas y naturales, el pensamiento ecologista puede contraponer cientos de argumentos contra cualquier proyecto de la actividad productiva. Siempre existe alguna especie animal o vegetal que será afectada, pero si esto no resulta suficiente puede invocarse además el impacto visual o paisajístico, o el valor cultural de las montañas. No es casualidad que el paradigma ecologista sea uno de los alimentos básicos de la crítica anticapitalista de este final de siglo. Pero de la crítica que así se construye no están exentos ni siquiera aquellos proyectos que pueden ser parte de la solución de los problemas ecológicos más graves y acuciasteis.

Además, la propia diversidad de los elementos de crítica remite a la precaución de tomar en cuenta la necesaria ponderación. O dicho con un ejemplo, ¿es posible comparar emisiones de gases de efecto invernadero con la pérdida de cubierta vegetal en una determinada zona?. Por no hablar de lo que es abiertamente subjetivo como el paisaje.

La respuesta es que no existe criterio racional, válido para cualquiera que acepte ciertas reglas metodológicas previas, para comparar magnitudes heterogéneas. Y mucho menos si las cualidades no implican magnitudes.

Sería posible llegar a un acuerdo razonable basado en el establecimiento de una cierta jerarquía de los problemas ambientales, aceptada por todo el mundo. Lamentablemente esto no parece posible en este momento, en parte por la propia incapacidad de organizarse que presenta el movimiento ecologista, y en parte por la falta de memoria existente. Falta de memoria que fuerza a reincidir una y mil veces, desde cero, todos los debates. Así las cosas toda la gente tenderá a creer que lo “grave” es lo que conoce, y no comprenderá la posición de aquel que conoce más otro aspecto del mismo problema y que obtiene por ello conclusiones distintas.

El riesgo de esterilizar la actuación es evidente, tanto por la vía de llegar a enfrentamientos continuos, como por la de perderse en cuestiones secundarias e ignorar las esenciales.

Tengo la impresión de que algo así está ocurriendo en la farragosa polémica sobre la energía eólica. Muchos grupos ecologistas están confundiendo lo evidente, y un parque eólico es evidentemente evidente, con lo grave. Con un añadido, que lo evidente es parte, sólo parte, de lo necesario para solucionar el problema.

 

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